Quien lea el título podrá sospechar que se tratará de un nuevo escrito endilgándole responsabilidades sobre lo que nos sucede hoy en día a esa corriente de pensamiento.
Vemos que tanto en las redes sociales como en innumerables análisis (escritos y conversados) se dan por hecho sentencias con liviandad y sin profundizar en conceptos y caracterizaciones.
En primer lugar, es probable que no haya acuerdo en el significado de la palabra "progresismo". Llama la atención que cuando uno acusa a alguien de "facho" o "fascista", enseguida se activa un ejército de correctores que, tanto desde lo semántico como desde lo geopolítico e histórico, se atribuyen la capacidad de la desautorización. No pasa lo mismo cuando - generalmente las mismas personas - usan el término "progresista" tanto para un barrido como para un fregado.
Ya que la lucha política no se da en el campo de la etimología de las palabras, sino en el terreno de los valores y los proyectos, las palabras que identifican determinadas corrientes políticas hay que pensarlas más por lo que representan en determinado tiempo y espacio que por su origen o por sus alineaciones internacionales históricas.
En el caso de la Argentina, hay estudios que certifican que una amplia mayoría de la sociedad comparte valores atribuidos al progresismo: el rol del Estado como garante de derechos y oportunidades (fundamentalmente educación y salud públicas y gratuitas), movilidad social ascendente, búsqueda de la igualdad y condena de la discriminación, entre otros.
Pensar que el acercamiento (profundo, consciente, desde el aprendizaje y el conocimiento) a colectivos que representan demandas particulares es un corrimiento político que se aleja de determinados sujetos históricos, confunde la actualización necesaria de la etapa con un abandono que no es. Se trata de una retórica ortodoxa que resta en vez de sumar.
Si algo aprendimos en estas décadas es que los objetivos estratégicos de soberanía económica y justicia social no pueden construirse dejando porciones de pueblo en el camino. Y hablamos de pueblo organizado, siguiendo a Jauretche, que nadie nos corra con que defendemos la concepción del "ciudadano liberal". Nos parece un grave error pensar que la lucha por perseguir y defender derechos de colectivos históricamente vulnerados sea considerada como una lucha que solo interpela conciencias y no contribuye a organizar fuerzas para una causa nacional. En el mismo sentido, creemos equivocada la visión que escinde la experiencia material de porciones importantes del pueblo del reconocimiento de su identidad y sus derechos. La realidad popular está compuesta de una gran diversidad que no se puede querer representar desde concepciones totalizantes. La lectura que atribuye solamente a sectores medios y universitarios la agenda de derechos (de los colectivos de la diversidad sexual, de pueblos originarios, de los feminismos, entre otros) es una lectura sesgada, no inocente. En las barriadas populares, las opresiones se superponen. Invisibilizarlo desde una pretendida visión estratégica, ocultando el sesgo conservador de quien lo enuncia, no contribuye al debate. Podría ser lícito que se defiendan posiciones conservadoras, machistas, antifeministas, religiosas ortodoxas dentro del campo nacional y popular, intentando acumular desde esa mirada. Lo que no es lícito es ampararse en supuestas "demandas populares", que serían solamente las que nos dictaminan estos conservadores y no otras.
Otro lugar común al que nos quieren llevar es instalar que las "políticas de minorías" ocuparon un lugar central en los últimos gobiernos (obviamente exceptuando a Macri y Milei). ¿De verdad creen que haber sancionado tres o cuatro leyes históricamente reclamadas es darle un lugar central? ¿De verdad creen que haber fortalecido políticas contra la discriminación es darles un lugar central? ¿De verdad creen que incluir discursiva y simbólicamente a pueblos originarios, diversidades sexuales y feminismos es darle un lugar central? ¿De verdad creen que incluir todos esos colectivos en el pueblo organizado es confundir al enemigo? Hablarle al conjunto es incluir. Para ciertos sectores conservadores y ortodoxos nunca es el momento. Y otra vez se amparan en un "utilitarismo" estratégico sin admitir su conservadurismo, incluso reflejando una victimización que supone que se ejerce un juicio moral sobre sus posturas. Hay que decirlo claramente: no hay justicia social sin feminismo. No es un "reclamo histórico para las mujeres", es la búsqueda de la igualdad para todos. Otra operación común para sustentar su mirada conservadora es que las posiciones "progresistas" fomentan la división y atentan contra la construcción de poder real. Si fuese por eso, no podríamos ni siquiera hablar de independencia económica y liberación nacional porque nada garantiza hoy que sean consignas unificadoras sin nuestro trabajo militante detrás.
También es para destacar el intento de flagelarnos o hacernos sentir culpa por la reacción producida. "Se pasaron tres pueblos" se les dice tanto a los feminismos como a las políticas de Derechos Humanos en general. Se podrán realizar cientos de críticas y autocríticas, que siempre son necesarias, en relación a la instrumentación, pero ni la necesidad ni la intensidad de esas políticas son responsables de lo que vino. Por otro lado, una acusación frecuente suele ser la de la "infiltración" o la "guerra cultural importada", argumento utilizado por las extremas derechas del mundo que lamentablemente filtra en los movimientos nacionales, alejándolos de su perspectiva de justicia social. Ese argumento no tiene en cuenta ni reconoce la incorporación de nuevas demandas a nuestra matriz cultural, produciendo una riqueza conceptual propia que fortalece cualquier política soberana.
Volviendo al principio, no se trata de definir al progresismo ni asumirse en esa corriente para defender ciertos valores y representaciones que se le atribuyen. Se trata de desarmar la operación oportunista de subirse a un aire de época (que, auguramos, será corta) en la que pareciera más fácil tenderle puentes al discurso dominante que defender los avances populares alcanzados.
En síntesis, si se busca un chivo expiatorio a quien atribuirle las calamidades por las que estamos pasando, la mira es corta. Basta con el "progresismo" como chivo expiatorio. Esa estrategia solamente contribuye a un sectarismo rancio y excluyente que, además, nos emparentaría con quienes abogan por un país para pocos y circunstancialmente ostentan la hegemonía política.
La imagen que ilustra este escrito no es inocente. Él lo había entendido.